El proceso
Hay un grupo de hombres que se reúnen cada tarde, después del trabajo, en una esquina de la plaza, en torno a un banco en el que van rotando el asiento. No lo hacen conscientemente, no son amigos o no saben que lo son, pero un día, por suerte o por recomendación o por desesperación o por cualquier otro motivo, todos entraron al bazar que hay tras el banco, compraron una cerveza y se sentaron en el banco, o se apoyaron en la valla que separa la acera de la carretera, o en el árbol que hay junto al banco, y bebieron durante un rato al calor del sol veraniego, el frío del invierno nublado o la temperatura perfecta de que disfruta esa esquina unas dos semanas al año.
Posiblemente ese día hubiera, sentado en el banco, otro miembro de este grupo no oficial. Muy probablemente estuviera viendo, sin cascos, tiktoks sobre política o sobre fútbol. Sin duda estaba recibiendo miradas juiciosas del grupo de treintañeros en ropa deportiva que se sentaban en la cafetería de especialidad que tenía puerta con puerta el bazar. Ninguno de los dos tendría muchas ganas de hablar, ni con el otro ni en general. Más allá del argumento de la dificultad para hacer amistades en la edad adulta, hay veces que simplemente no te apetece que te toquen los cojones durante el rato que te tomas la cerveza en el descanso del trabajo.
Sin embargo, alguien diría algo en el video, con toda certeza un juicio de valor sobre la validez de una decisión arbitral o la calidad del canterano que pateó el tiro libre que decidió el partido, estrellándolo en el interior del palo izquierdo, imposible de atajar, y que, al celebrar el gol, el espectacular golazo, deslizándose de rodillas hacia la grada visitante, donde los pocos aficionados que habían podido permitirse el viaje gritaban, puede que su nombre, no hay forma de saberlo porque el estruendo mezclaba los sonidos del estadio, calculó mal y se estrelló contra uno de los cámaras.
Como por reflejo, el dueño del teléfono, entre risas, se lo enseñaría al otro miembro del, a partir de este momento, selecto club, que no podría evitar señalar que sí, que lo había visto, que se reían pero que el chaval, cuidado, tenía futuro, que vaya pata de oro.
Después de estos comentarios, volverían a sus cervezas, sus videos, sus miradas a los coches pasar, mientras la luz rebotaba en el cristal delantero y los deslumbraba ligeramente, la cerveza subía un poquito, refrescaba la garganta, terminaban, se estiraban, gruñían un poco, y bueno, tocaba volver, hasta luego.
Sin lugar a dudas es así como pasó.
¡Feliz año! He cambiado la identidad gráfica de Tocar Hierba y no quería dejar pasar mucho tiempo sin publicar algo para presentarla en sociedad, así que rápido cuento a ver si salgo del bloqueo escritor pronto.


