Las tuberías
Una huida, únete al club
“Date prisa,” dijo Angelo.
“¿Vas a quedarte mirando?” preguntó el Gaucho, fingiendo indignación. “¿No puedo gozar de algo de intimidad? Aún soy un ciudadano de la que fuera república de Florencia.” Sin esperar una respuesta, entró en una de las cabinas y cerró la puerta tras de sí. “¿Cómo esperas que huya?” Gritó desde el interior. “¿Me zambullo al tirar de la cadena y buceo hasta el Arno?”
Para cuando Angelo se dio cuenta de que ese precisamente era el plan del Gaucho, este ya había atravesado dos codos de tubería y se dirigía, ayudado por la potencia del torrente de agua que fluía impulsado por la cadena, hacia el Arno. Había comenzado a contar los pasos desde la entrada a lo que suponía un consulado, pero en el camino debían haberse cruzado, por su estimación, basada en la densidad de perfume en el aire, con unas seis mujeres, cuyos zapatos de tacón que aguijoneaban el suelo habían desconcentrado al Gaucho. No podía descartar que esa distracción hubiera sido intencional, aunque era un tipo de juego sucio muy mal visto en los círculos en que se movía; nadie te garantizaba una partida sin trampas, pero qué menos que un poco de elegancia, savoir faire, sofisticación. Fue así como decidió que se encontraba en el consulado americano, ya que sus contactos en la oficina británica no se habrían rebajado al nivel de disfrazar su entorno de trabajo solo para saber qué diablos tramaba el Gaucho.
Con un origen fijado para su aventura en las tuberías, empezó a elegir mejor hacia dónde se dirigía. Desde el consulado británico habría sido más fácil, pues a pesar de estar sito en el lado de Via Tornabuoni más lejano al río, contaba con un sistema de eyección de aguas fecales, perfeccionado durante décadas de arrojar residuos progresivamente más lejos a lo largo del cauce del Támesis, que le habría permitido llegar entre diez y quince segundos antes a su destino.
Según sus estimaciones, Angelo debía estar ahora justo encima de él. A pesar de que el cañón de la tubería le había permitido bucear bastante rápido durante unos metros, la primera poza en que había caído era considerablemente más grande de lo que pensaba. El Gaucho contaba con que el remolino formado por el sistema de desagüe le habría arrastrado con relativa rapidez, pero mientras buceaba intentando no tragar demasiada lejía y productos de limpieza se había dado cuenta del error en sus cálculos: siete urinarios eran más de tres y esa poza tenía capacidad para mucha más masa fecal de la que esperaba.
Cuando finalmente aterrizó en el espacio más diáfano del túnel por el que el agua discurría, sabía que cualquiera de las alcantarillas podía ser su perdición, pero confiaba en que el empedrado confundiera a Angelo tanto como la cisterna le había turbado a él. Cuando se pavimentó la ciudad en 1339 las baldosas se colocaron perpendiculares con respecto del borde de la acera, una característica única de una ciudad que se enorgullecía de ser la primera de Europa en contar calles dispuestas de este modo. Angelo, como el Gaucho, venía de ciudades del sur, donde este tipo de obras de embellecimiento de la ciudad llegó mucho más tarde y con un gran equipaje de mejoras. El formato de doble baldosa cuyo lateral de mayor longitud se alineaba paralelo al borde permitía regular con mayor facilidad el ancho de las aceras, así como reemplazar cualquier imperfección sin perturbar la comodidad de los peatones.
No tardó en ocurrir que el Gaucho viera, a través de las rendijas de desagüe que daban a la calle, los bajos del uniforme del pantalón de Angelo, distinguibles por las manchas de sal marina que delineaban el contorno de la parte inferior de la pernera, a tenor de la conocida afición de su contraparte por echarse un cigarrillo en la orilla al finalizar el turno. La acera era estrecha y el pie de Angelo resbalaba a cada tanto hacia la carretera. El Gaucho se dejaba ahora llevar por la corriente, seguro de que no podía hacer nada por mejorar ni empeorar la situación; desconocía qué le deparaba el próximo salto de tuberías, que debía ser el último antes de la desembocadura en el río.
Al mirar hacia delante mientras se deslizaba por una especie de tobogán de aguas fecales se encontró con una amplia estancia llena de luz. El agua apenas cubría un par de palmos del suelo, le llegaría hasta el tobillo. Con esfuerzo se incorporó para admirar el sistema que permitía que no se estancaran las tuberías florentinas, y descubrió con no poco horror que la salida al río estaba tapada por unas verjas que impedirían el paso final de su escapada. No lo escuchaba, pero sentía la vibración de los pasos de Angelo cada vez más cerca.
“Únete a nosotras”, susurró de pronto una voz agudísima que atravesó el sistema auditivo del Gaucho. “Somos libres, comemos lo que queremos y bailamos en la mierda”. El Gaucho miraba a su alrededor, la cabeza y él entero dando vueltas, desubicado después de la montaña rusa en que acababa de viajar por las tuberías de Florencia. “Toma”, de nuevo el siseo, el Gaucho se vio arrastrado por… sí, por una turba de ratas que se había colocado bajo sus pies y lo movían con cuidado hacia un agujero justo al lado del tubo por el que había salido expelido a esa poza; lo que habían puesto en sus brazos era un disfraz de rata, del tamaño perfecto para que el Gaucho entrara en él y se sintiera como en casa.
Para cuando Angelo se descolgó frente a la verja y empezó a mirar hacia la poza, orgulloso al pensar que el Gaucho le esperaría ahí con su traje beige repleto de mierda y la triste sonrisa de aquel que se ha visto vencido, nada quedaba en el espacio más que alguna rata de esas que los equipos antiplagas no conseguían eliminar del todo. Durante la persecución Angelo había ido liando un cigarrillo, sabiendo que el Gaucho disfrutaría de tener algo que llevarse a la boca que le quitara el sabor a aguas fecales. Confundido, se sentó mirando los reflejos dorados del sol en el agua y el resplandor verde del empedrado mohoso de las paredes. Desde un lugar indeterminado de la pared que quedaba tras la verja, unos pequeños ojos rojos lo contemplaron mientras sonaba una canción en las profundidades, y costaba adivinar quién estaba detrás de los barrotes.
El primer párrafo de este cuentito es un fragmento traducido por mí de V., de Thomas Pynchon (ya paro). El resto es una divertida aventura que se me ocurrió mientras disociaba durante la lectura del libro. ¡Me lo he pasado bien!
No sé cómo de fiable es el dato1, pero Florencia la primera ciudad europea en tener calles pavimentadas (como digo en el texto, en 1339), y no han vuelto a hacerlo desde entonces porque es uno de los pilares del orgullo florentino. Con lo fetichista que es el mundo con el pasado de Italia, no se les puede juzgar, creo.
El diálogo de las ratas está inspirado por un tuit que he sido incapaz de encontrar, creo que un poco risas genuinas y un poco risas de la gente que quiere desconectar de todo.
No sé qué más contaros, ¿está guay leer ficción en Substack? Siento que todo son artículos de opinión de gente con más tablas ensayísticas que yo, y no me interesa tanto decir qué pienso de algo, imagino que a vosotros tampoco.
Me gusta pensar en este cuentito como la primera vez que he hablado de alguien que hace honor al nombre de esta newsletter: el Gaucho abandona una vida de ¿espionaje? para unirse a las ratas y… Tocar Hierba.
De aquí: https://italysegreta.com/the-5-very-florentine-things/




De inmediato supe que tenía que ver con Pynchon. Lo mejor de ese fragmento de Pychon es que es la única labor que Benny profane logra realizar con total destreza—eso de cazar caimanes en las tuberías de NYC.
¡Viva la ficción substackera y vivan las ratas!